Es que para Sack todo es muy grande.
Las teclas son grandes, el teléfono es grande... bueno, todo para él es grande.
Cuando quiso comunicarse con sus amigos (que por cierto son iguales a él en otros países) estuvo quince minutos tratando de levantar el auricular, para luego darse cuenta de que no se sabía el número. Fue ahí cuando me preguntó y, buscando en internet, le dicté los dígitos.
- ¿Tantos números? estás segura que con todo eso, además de comunicarme, no me compraré el pasaje de pasada para allá?- preguntó preocupado el diminuto Sack.
- Sí, eso dice acá. Piensa que es el carrier, más los códigos y después el número - contesté.
El pequeño muñeco de lana miró los botones del teléfono por unos segundos. Abrió la boca, tomó aire y salto encima del aparato. Se puso frente a los números y dijo, con postura firme y resuelta: "Ya, díctame los números".
Mientras yo se los decía, Sack parecía bailar en un juego del tipo Dance Dance Revolution... a medida que marcaba el número, los sonidos del teléfono comenzaron a salir con una música descabelladamente rítmica y la sonrisa en el diminuto ser comenzó a aparecer. Y bailaba, bailaba, baila...
- ¡Sack! te pasaste, ya digitaste muchos números! - le dije entre risas. Pero parecía que comunicarse ya no era el punto.
Sack ya no pensaba en salvar al mundo. "Seré el mejor bailarín sobre la faz de la tierra!".
